Polvo de manta

Tamaulipas tiene esa extraña costumbre de escribir su historia con los pies. Sí, pero son esos pies que zapatean, generan estruendo y, al golpear el escenario, musicalizan la figura invisible que trazo en el aire la vestimenta o vuelo de una falda folclórica.

Cuando se habla de danza en Tamaulipas, no es solamente reproducir la música; es la misma tierra clamando la energía de nuestros bailarines.

Y con esa misma pasión y entrega. Carlos Moctezuma, director del Ballet Folklórico de la Universidad Autónoma de Tamaulipas, participó durante cinco días; más de 120 participantes de México y Estados Unidos recibieron una lección de su persona, pero iba intrínseca la entrega de Tamaulipas en los Cursos de Verano de la Escuela del Ballet Folklórico de México de Amalia Hernández.

¡Sí, claro, por supuesto! ¡Chingao, qué ricura! La picota del centro, el huapango del sur, las polkas, picotas y redovas del norte fueron llevadas a la capital del país como quien abre una vieja maleta familiar y descubre que dentro todavía huele a tierra mojada, a plaza, a caballo, a fiesta de pueblo.

En Tamaulipas, cada baile guarda un secreto. La picota guarda la fuerza.

El huapango, la seducción. La polka, el vértigo. La redova, esa alegría que parece venir corriendo desde algún lugar donde todavía no alcanza el ruido de las ciudades.

Y Carlos Moctezuma llevó pasos, historia, investigación.

Con él, viajo toda la responsabilidad de decirle a más de un centenar de bailarines que detrás de cada movimiento existe un pueblo que alguna vez lo hizo suyo, y hoy quiere más Tamaulipas.

Muy bien por la UAT que haya llegado hasta la Escuela del Ballet Folklórico de México de Amalia Hernández, porque, esta vez, Tamaulipas no fue a mirar.

Fue a enseñar.

En la intimidad… Hay otra danza, mucho más silenciosa, que no tiene escenario, vestuario ni aplausos.

La bailan las mujeres.

Las que despiertan antes que todos.

Las que cocinan, trabajan, cuidan hijos, nietos, padres, enfermos y, cuando pueden, también se acuerdan de sí mismas.

Las que sostienen una casa mientras el mundo cree que simplemente están “en casa”.

Por eso el programa Mujeres que Cuidan, encabezado por la presidenta municipal de Tampico, Mónica Villarreal Anaya, tiene un significado que va más allá de una tarjeta, una despensa o una dotación de leche.

Hay algo más importante:

hacer visible a quien durante años permaneció invisible.

Mil mujeres se incorporaron a esta segunda etapa y con ellas ya son dos mil las beneficiarias.

Pero quizá el número más importante sea otro: una mujer que durante años cuidó a todos escuchó finalmente que su trabajo también importa.

Gregoria Flores Vivencio lo dijo sin rodeos: por primera vez un gobierno reconoce a las mujeres cuidadoras.

Eso no debería ser extraordinario.

Pero lo es.

Porque hay mujeres que llevan décadas haciendo una danza que nadie ensaya y nadie aplaude: levantarse, resolver, alimentar, acompañar, trabajar, volver a casa y empezar otra vez.

No hay música.

No hay reflectores.

Sólo una casa que depende de ellas.

Mónica Villarreal habla de un Tampico que cuida.

Ojalá esa frase sobreviva al micrófono y se convierta en política pública permanente.

Porque cuidar también es trabajo.

Y algunas mujeres llevan toda una vida trabajando sin salario, sin vacaciones y sin que nadie les diga gracias.

Tal vez por eso hay algo profundamente hermoso en juntar estas dos historias.

En Ciudad de México, Tamaulipas llevó su memoria a bailar frente a los grandes.

En Tampico, otras mujeres sostienen silenciosamente el presente.

Unas bailan para que no olvidemos quiénes somos.

Las otras cuidan para que todavía podamos llegar a serlo.

Y quizá ahí esté la verdadera intimidad de Tamaulipas:

un pueblo que todavía tiene memoria en los pies,

y mujeres que todavía sostienen el mundo con las manos.

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