Después de años de aparente distancia mediática durante el sexenio de Andrés Manuel López Obrador, el Subcomandante Marcos —hoy Galeano para el zapatismo o quien sea que ahora escriba— volvió a irrumpir en la conversación pública con un texto profundamente filosófico -normal- incómodo -más normal- y, sobre todo, oportuno.
Y aunque muchos esperaban -esperábamos- de él una postura más frontal en los años recientes, su “regreso” al debate nacional conserva intacta esa característica que nadie tiene en México: la capacidad de obligar a pensar.
Pinche Marcos, eso, en tiempos de redes sociales, ya es una forma de resistencia civil pacífica.
El escrito sobre la Inteligencia Artificial no es solamente una crítica tecnológica. En el fondo, es un cuestionamiento brutal sobre la comodidad moderna, sobre la renuncia colectiva al pensamiento propio y sobre cómo la humanidad comienza a sustituir el criterio individual por el algoritmo.
El sub hace algo que casi nadie se atreve en el debate público: conectar la tecnología con la política, con el amor, la seducción, la sátira, con la cultura, con el poder y con la resignación social. Su reflexión sobre cómo la IA no sólo resume libros, sino que también moldea emociones, gustos, posturas políticas y relaciones humanas, resulta inquietantemente vigente.
También tiene razón cuando advierte que la popularidad se ha convertido en la nueva medida de la verdad, sí, habla de los influencers que se creen su propias reproducciones; pobres inocentes.
Hoy las sociedades parecen decidir qué pensar a partir de tendencias, likes y algoritmos diseñados para premiar lo viral antes que lo verdadero. La Inteligencia Artificial no inventó ese fenómeno, pero sí puede acelerarlo de manera peligrosa. El zapatismo lo entiende y lo coloca sobre la mesa desde una óptica distinta: la del ser humano que deja poco a poco de leer, cuestionar, discutir y crear por sí mismo.
La parte más brillante del texto quizá no está en la crítica tecnológica, sino en la advertencia política y social que esconde detrás. Cuando Marcos habla de la necesidad de pertenecer a “la mayoría”, toca uno de los nervios más sensibles de la actualidad. Porque la presión por ser aceptado, por coincidir con el discurso dominante y por evitar el aislamiento digital se ha convertido en una nueva forma de control social.
En ese sentido, el zapatismo vuelve a hacer lo que históricamente mejor sabe hacer: incomodar desde la reflexión ¡amén!
Claro está, muchos se preguntan -yo cuestiono- por qué esa voz crítica se escuchó menos durante el sexenio de López Obrador, un periodo donde el debate público también estuvo marcado por la polarización, la narrativa emocional y el peso avasallante de la popularidad obradorista. Y la pregunta es legítima. Se extrañó al Subcomandante Marcos punzante, ácido, irónico y desafiante frente al poder presidencial. Pero incluso aunque alguna día salió gatoperro o el tigre se lamió los bigotes desde la selva, esa ausencia parcial se reclama con furor, pero, no cancela el peso intelectual de sus intervenciones actuales.
Marcos es que no escribe para agradar ni para volverse tendencia. Lo hace para provocar discusión. Sembrar dudas. Obligar al lector a detenerse en una época donde todo está diseñado para consumirse en segundos. Tampoco busca simpatías inmediatas. Lo suyo sigue siendo la provocación intelectual.
Urge que pague un ChatGPT, lo nutra, haga tres dos, cinco, cuatro cerebros o más de sí mismo; que guarde su voz, su rostro encapsulado y que la iA nos lo haga inmortal, sino sabe como, acá le decimos o le habemos un tutorial.
En la intimidad… Por cierto el que reventó las redes sociales fue Jorge Méndez Guillén tras anunciar que, después de varios años, volvió a ingresar a la casa de sus abuelos, el lugar donde creció y convivió con sus tíos, entre ellos Rafael Sebastián Guillén Vicente.
“Con nostalgia, pero también con mucha alegría, después de muchos años… volví a la casa de mis abuelos, donde crecí y conviví con mis tíos”, escribió en Facebook.
La publicación despertó curiosidad inmediata. Según lo adelantado por Méndez Guillén, ingresó al inmueble para grabar material audiovisual y prometió revelar próximamente “toda la historia” de lo encontrado en el interior de la casa familiar.
Más allá del simbolismo político, el anuncio tiene inevitablemente una carga emocional. Porque detrás del personaje encapuchado, de los comunicados insurgentes y de las montañas del sureste mexicano, también existe una memoria familiar que sigue despertando interés y nostalgia entre quienes crecieron viendo al zapatismo convertirse en uno de los movimientos más influyentes de América Latina y del mundo entero.
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