Hay relaciones que, siempre, deberían incomodar. La cercanía entre el poder político y la universidad pública es una de ellas. No por prejuicio, sino por historia. En Tamaulipas, donde las instituciones han tenido que aprender a sobrevivir entre guerras, inercias, presiones y silencios, la palabra “autonomía”: debería ser un escudo.
Por eso, cuando el rector de la Universidad Autónoma de Tamaulipas, Dámaso Anaya Alvarado, habla de una “estrecha coordinación” con el gobernador Américo Villarreal Anaya, la primera reacción no debería ser el aplauso automático. Tampoco la descalificación. Debería ser, en todo caso, la vigilancia.
Porque la autonomía universitaria no se pierde de golpe; se erosiona en los matices. En las agendas compartidas sin contrapesos. En los proyectos donde la línea entre colaboración y subordinación se vuelve difusa.
Sin embargo, quedarse en la sospecha sería también una forma de pereza intelectual.
Pero, lo que hoy se construye desde la UAT —un proyecto de certificación ganadera con alcance nacional, articulado con la Secretaría de Agricultura y Desarrollo Rural, con Bancomext y con miras a escalar hasta la oficina de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo— no es cualquier cosa. Es, en términos estrictos, el tipo de vinculación que durante años se le exigió a las universidades públicas: dejar de ser islas académicas y convertirse en motores reales del desarrollo.
Aquí hay datos duros que pesan más que cualquier discurso: una universidad con más de 41 mil estudiantes, infraestructura certificada como el rastro TIF avalado por SENASICA, participación en mesas nacionales y una agenda que conecta directamente con uno de los sectores productivos más relevantes del estado: el ganadero.
Y de ninguna manera eso es sumisión. Eso, bien ejecutado, es incidencia y acción.
Lo más interesante de todo, es que la vinculación entre Américo y Damaso, es en beneficio a los productores que históricamente han estado fuera de los procesos de certificación, elevando la calidad de la carne, abriendo mercados y, en consecuencia, generando valor económico en una entidad que lo necesita con urgencia.
Y es con proyectos cuando la Universidad se convierte en un puente colosal, y en una entidad como Tamaulipas —marcada por episodios de violencia, rezagos estructurales y desconfianza institucional—, los puentes no sobran. Se construyen con dificultad, y por consiguiente se deben valorar.
Si la UAT utiliza su autonomía para sentarse en la mesa del poder sin arrodillarse, si logra traducir esa cercanía en beneficios tangibles para sus estudiantes, sus investigadores y la sociedad, entonces no hay traición en la colaboración. Hay madurez institucional.
Porque la autonomía no significa aislamiento. Significa libertad para decidir con quién sí y con quién no. Y, sobre todo, para qué.
Hoy, la rectoría parece haber optado por jugar en las grandes ligas del desarrollo nacional. Y eso, en un estado que durante años vio a sus universidades caminar en paralelo —y no junto— a las decisiones públicas, es un cambio que merece, al menos, el beneficio de la duda.
Y quizás algo más: una vigilancia crítica, sí, pero también un reconocimiento cuando las cosas empiezan a hacerse bien.
En la intimidad… Hay políticas públicas que no hacen ruido, pero transforman vidas. El programa “Sonrisas del Bienestar”, impulsado por el Ayuntamiento de Tampico en coordinación con la UAT, es una de ellas.
Más de mil 250 personas atendidas y más de 2 mil 600 tratamientos dentales gratuitos no son cifras menores en una región donde la salud bucal suele postergarse por razones económicas. La alcaldesa Mónica Villarreal Anaya lo sintetizó con precisión: no se trata solo de dientes, sino de autoestima.
Detrás de cada limpieza, extracción o placa dental hay algo más profundo: la posibilidad de sonreír sin vergüenza, de hablar sin incomodidad, de recuperar una parte de la dignidad cotidiana.
Aquí, nuevamente, aparece la universidad. No en el discurso, sino en la práctica. Estudiantes avanzados de odontología llevando atención directa a la población, en consultorios móviles, en colonias donde muchas veces el acceso a estos servicios es inexistente.
Ese es el otro rostro de la vinculación institucional: el que no busca reflectores nacionales, pero incide directamente en la vida de la gente.
Y si algo deja claro este contraste —entre los grandes proyectos productivos y las acciones sociales de proximidad— es que la universidad pública, cuando se mueve con inteligencia, puede estar en ambos frentes sin perder el rumbo.
Siempre y cuando, claro, no olvide de dónde viene. Ni para quién existe.
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@dect1608

